‘Coger el tren, llegar a casa, tirar las bragas’ bien podría ser el nuevo disco de Mishima pero no lo es, es más bien una forma de definir la semana horribilis que he tenido. Empezando por una pérdida de volumen pectoral y acabando con unas jornadas maratonianas hospitalarias que … En fin, por partes.
Cómo bien sabréis, no todas las fórmulas son aplicables a todos los seres ni tienen los mismos efectos. Es decir, ese chico que a ti te parece tan mono, a otro le parecerá poco menos que un montón de pelo con gafas y ese remedio de la abuela que quita el resfriado y que combina cebolla, leche y miel todo a la vez quizás a unos les cure mientras a otros les provoque un alud de herpes y unos chicharrones labiales que ni los de Ana Torroja. Pues bien, una amiga me contó que nacemos con un 100% de silicio y que eso se pierde con los años provocando la pérdida de pecho. Para subsanarlo, el ser humano había creado una crema farmacéutica que no sólo te realzaba el pecho sino que lo hacía resurgir cual reforma escolar con cambio de gobierno. Total que yo, consternada con mi futurible tabla de windsurf pectoral, y a sabiendas que nada tenía que perder, decidí adquirir y probar dicho producto. Os podéis imaginar el resultado. Ejem. Otra amiga me dijo que comiendo muchas nueces las tetas rebrotan. No hace falta que os diga a quién le está quedando cara de ardilla.
Por si esto fuera poco, a media semana me llaman para decirme que mi padre se ha roto una vértebra de la espalda. ¿Haciendo paracaidismo quizás? No, no, cayendo de una furgoneta, golpetazo en la cabeza mediante. Cojo mis bártulos y me voy a la ciudad de mis padres, con tan mala suerte que me equivoco de billete y acabo comprando uno que no puedo usar y que me cuesta 90 eurazos (una t-50/30 de 3zonas, una maravilla de robo a TMB armado). Llego a urgencias. Mi padre está en una camilla. Alucino con los recortes. A un tipo que se ha roto la pierna no le pueden llevar en ambulancia ni prestar unas muletas y tiene que acabar yéndose a la pata coja apoyándose en el hombro de su padre. Una mujer mayor se convierte en compañera improvisada de pasillo: las enfermeras la atan con una sábana a la camilla y se van a hacer otra cosa. Mientras, mi padre espera durante más de 12 horas a que le hagan un TAC, pues sólo hay una máquina y antes tienen que pasar todos los clientes de la mútua que tienen seguro privado (pues el hospital no es público al 100%, manda huevos).
Me quedo 3 días en casa de mis padres, ataviada con la ropa que llevaba en cuarto de la ESO y me convierto en patriarca familiar con mis new balance y pantalones casi sobaqueros. De la ropa interior ni hablemos, no sé cómo alguien pudo crear unas fajas tan terroríficas y, mucho menos, que hacen en mi ex-cajón de los sostenes (no me extraña que en el instituto ligara menos que el Dioni en el certamen de Miss Mundo). Miro tres veces antes de cruzar aunque el semáforo esté en verde. Como me descuide y me atropelle un coche no moriré del golpe pero probablemente de la vergüenza.
Finalmente acaba la semana. Cojo el tren, llego a casa, tiro las bragas.